Oportunidades para la prevención

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Busca oportunidades para la prevención en lugar de centrarte en el tratamiento de síntomas o de una enfermedad avanzada
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Oportunidades para la prevención

Ángel Hernández Merino.
Pediatra, Centro de Salud La Rivota. Alcorcón, Madrid.
ahernandez.gapm08@salud.madrid.org

A primera vista puede parecer fácil comprender la tarea: buscar oportunidades de prevención, más que centrarse en el tratamiento (principalmente con fármacos) de los síntomas o la enfermedad. Pero ¿es así? No, creo, pero veámoslo a través de un par de historias (basadas en hechos reales, como suele decirse).

Primera historia; fue más o menos así. El niño, de dos años y medio, se encontraba −entretenido− en el asiento de atrás del coche. Su madre pensó que, en el escaso tiempo que tardaría en comprar algo que le hacía falta para la cena de ese día, no habría peligro por colocarlo ahí; la sillita infantil estaba en otro coche, el que suelen usar cuando se mueve la familia al completo −un coche un tanto grande e incómodo de usar en las estrechas calles del centro−. El padre se quedó en casa con el hermano mayor, ayudándole con las tareas escolares y con los preparativos de la cena; muchas veces el hermano pequeño no deja tranquilo al mayor, ¡con lo poco que éste necesita para distraerse e irse directamente al limbo!; esa tarde los padres vieron que era una pequeña oportunidad para evitarle esa dificultad. Ocurrió que, en un despiste de apenas un instante, casi se topa con el coche de delante, frenó bruscamente y el niño se abalanzó sobre la parte delantera del coche pasando entre los asientos delanteros. La cosa acabó en urgencias, el niño con una fractura de su brazo izquierdo y un buen chichón en la frente −sólo eso, menos mal−, y la madre al borde de un ataque de nervios Probablemente muchas personas reconocerán que han vivido o conocido de cerca alguna historia similar a lo relatado. O sea, que ocurre con frecuencia.

Y ahora, una segunda historia, también breve. A primera hora de la mañana, ya hace un tiempo, se presentó en el centro de salud una madre, con su hijo de 17 meses, diciendo que se había atragantado con algo y que respiraba con dificultad. Efectivamente lo hacía con cierta dificultad, mantenía el cuello erguido, escupía la saliva y parecía asustado. Nos dimos cuenta de que nos había tocado una de esas situaciones que más temor despiertan en los sanitarios, incluso si ocurren en un hospital −que se supone preparado para responder a estas situaciones−. El niño tenía una insignia tipo “pin” de metal en el esófago superior/hipofaringe (Fig. 1), era grande y tenía un considerable pincho y estaba atascada. Estas situaciones plantean un reto de considerable magnitud en un centro de atención primaria: buscar el equilibrio entre “hacer” y “no hacer” para evitar que el cuerpo extraño se desplace a la vía aérea, actuar si ocurre, la envergadura del riesgo vital inmediato…; finalmente, el niño se mantuvo estable y pudo ser derivado al hospital donde pudieron extraer el cuerpo extraño.

Estas dos historias simbolizan el valor de la prevención frente a los elevadísimos costes humanos (fallecimientos, lesiones permanentes, etc.), sanitarios (cirugías y otros tratamientos, rehabilitación, educación especial, etc.) y sociales (sufrimiento social permanente, sistemas de transporte sanitario, diseminación de dispositivos para atender urgencias, etc.).

Se pueden traer otros ejemplos para abundar en lo dicho, el valor de la prevención primaria. Por ejemplo: el lavado de manos (y otras medidas higiénicas sencillas) en el domicilio y en los colegios, y vacunas, para prevenir enfermedades infecciosas; protección solar frente a la moda de achicharrar la piel más o menos blanquita para estar más guapo/a desdeñando el riesgo del envejecimiento prematuro y el cáncer de piel; prevención del consumo de tabaco, alcohol y otras drogas; potenciar la salud bucodental; y el gran reto de este nuestro primer mundo moderno, que es la obesidad y los estilos de vida poco saludables como factores de riesgo cardiovascular. Y si además añadimos que ¡cuántos problemas de salud mental se podrían evitar con un abordaje amplio y continuado de sus múltiples causas!, llegamos a ese punto de desazón y desánimo que nos invade cuando, frente a nuestra nimiedad individual, contemplamos los problemas antes citados en su inmensidad y complejidad. Así que dejemos el todo (inabarcable) y volvamos a la parte (nuestra tarea cada día).

Todos los accidentes de tráfico y domésticos son potencialmente evitables. Esto es fácil decirlo, pero no tanto trasladarlo a la realidad . ¿Porqué los consejos no suelen tener el impacto deseado? En un intento de acercarnos a las respuestas a esta pregunta, desde luego sin pretender ser exhaustivos ni hacerlo en profundidad, pondría el acento en dos cuestiones: las trabas que supone la actual arquitectura social y la calidad y oportunidad −no siempre buena− de los consejos que damos.

Para abordar la primera de las causas, irremediablemente, hay que traer al debate algunos tópicos, como: los horarios laborales de los padres que impiden dedicar a los niños más tiempo, la filosofía (con perdón) de “prisas” e inmediatez que todo lo invade, el peso e impacto −extraordinario− de la publicidad y los medios de comunicación (omnipresentes −en todo momento, en todo lugar−, todopotentes), etc. Estas causas necesitan intervenciones a distintos niveles (legislativo, social, sanitario, etc.), continuadas en el tiempo y dotadas de los medios necesarios. El papel de los sanitarios como tales y también como meros agentes sociales es relevante, aunque, quizás, de alcance limitado. A lo mejor puede ser mayor si en vez de enfocar nuestros esfuerzos sólo a los niños y sus familias, de forma individual, nos dirigimos, a través de las entidades profesionales y científicas en las que participamos, a los niveles sociales con capacidad de intervención directa sobre las causas básicas. Un detalle sólo: me llama la atención, favorablemente, un dato de los estudios epidemiológicos sobre accidentes infantiles, y es que el medio escolar, en el que todos los niños pasan un gran número de horas, ocurren un número relativamente pequeño de accidentes infantiles; quizás, analizando esto podríamos obtener algunas enseñanzas.

La segunda respuesta a la anterior pregunta nos toca de lleno. Creo que los consejos que damos, muchas veces, son rígidos, poco fundados y con poca probabilidad de ser adoptados por los individuos. Hay poca bibliografía solvente sobre la eficacia del consejo del pediatra, médico de familia y la enfermera en atención primaria sobre la prevención de accidentes en niños y adolescentes; necesitamos más conocimiento. Deberíamos poder identificar las necesidades de consejo y las mejores oportunidades para difundirlos, de forma concreta para la población que atendemos; muchas veces olvidamos que son los abuelos los que se encargan de atender a los niños y, por tanto, los que deberían recibir los consejos, sólo como ejemplo; necesitamos mejores tácticas. El consejo considerado como una acción individual multiplica su efecto si está incrustado, ensamblado, de forma armónica e inteligente, con otras acciones también individuales a múltiples niveles y momentos; necesitamos más estrategia.

Si lo anterior no te ha enganchado o convencido, querido colega, te recomiendo que lo olvides y te quedes al menos con este telegrama (o usando un lenguaje más científico, con estas “palabras clave”): ejemplos de actividades de prevención reconocidamente más eficaces que las correspondientes medidas de curación y rehabilitación: alimentación, estilos de vida, actividad física, accidentes, consumo de alcohol y drogas, protección solar, etc.: oportunidades de prevención que no hay que dejar pasar.

Por Angel Hernández Merino para iniciativa por una prescripción prudente

Texto completo e imagenes en http://www.box.com/s/ykq64a6suzteom69rqz4

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